Un
ratito con Don Anselmo.
Delante del Jardín de Cactus en el cruce de la carretera que nos lleva
a Guatiza, está esperando cada día a esa hora en la que la llegada
de los primeros visitantes al Jardín le avisa de su compromiso adquirido
por voluntad propia, pero que con el tiempo se a sumado al show turístico
de la zona. Hoy quien haya visitado el Jardín de Cactus, seguro que se
lleva el recuerdo de este buen hombre. Se le conoce por Don. Anselmo. Aparece
con su cachorro (sombrero) medio ladeado a la derecha, gafas oscuras. Un semblante
muy tranquilo, que no indica prisas recorrido por las arrugas de los años.
Cuando habla con acento canario no corre y se esmera para que se entienda su
explicación. Don Anselmo sobre un muro que sirve de linde entre la finca
donde se encuentra el de pie y la carretera, deposita una serie de palas de
tuneras las cuales no tienen púas pero sí una especie de musgo
blanco recorrido por finas líneas de color morado. Aquí es donde
Don Anselmo entra y explica que es esas manchas blancas. Dice estos bichitos
son “cochinillas” de donde se saca un tinte morado para las industrias,
miren con esto se le da color a las pinturas de las mujeres. Efectivamente no
solo a la cosmética sino en productos alimenticios. A sustituido por
completo a los colorantes artificiales que según parece se demostró
que eran transmisores de enfermedades incurables. Don Anselmo coge entre sus
dedos unas pocas cochinillas y se las restregó en la palma de la mano
esta le quedó completamente pintada de color carmesí. Yo hice
lo mismo, alguno de los presentes me insinuó –Ahora le costará
trabajo sacar la mancha – Pues con un poco de agua y jabón se marchó.
Don Anselmo que deja su platito para recoger la voluntad seguro que escuchaba
el clic de los céntimos de euros que le depositaban por tan simpática
enseñanza. Las cochinillas se recolectan y se extienden para que se sequen,
después se embalan en bolsas y se envían a las fabricas manufactureras
para acabar el proceso. Me viene una anécdota de cuando era niño.
En Las Palmas de Gran Canaria en la calle Los Martínez de Escobar había
un almacén de “cochinillas”. La descarga y carga de los sacos
caía a la acera el polvillo de este producto, tal vez ya molido, que
con el paso del tiempo en la acera se observaba un tinte que le daba un cierto
brillo violeta. Quien no esta al quite y transitaba ese trozo de la acera era
resbalón seguro. Yo me caí una vez y aún lo recuerdo.