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DE GRAN CANARIA A GERONA EN BUSCA DEL APELLIDO PERDIDO. RELATO. Hacía bastante tiempo que mi querida esposa, de apellido, en principio
Acosta, me venía diciendo que su verdadero apellido era Lacoste,
pues así se lo había comentado su padre en repetidas ocasiones.
Decidimos hacer indagaciones al respecto. Teníamos una buena pista
a seguir. Sabíamos que el bisabuelo de mi mujer, José Antonio
Pedro Lacoste Salvador, había sido bautizado en la Villa de Caldas
de Malavella, Gerona, en la Iglesia de San Esteban. Preparamos la mochila,
y allá nos fuimos. Aprovechamos la estancia en tierras catalanas,
para visitar a un amigo, José Ramón Gutiérrez, isleño
de Canarias, que residía en La Bisbal. Recuerdo que nos acompañó
de paseo por una amplia calle en la que había, en las aceras y
tiendas por ambos lados, una exposición y venta de objetos de cerámica
que eran verdaderas joyas de artesanía. También nos llevó
por la Costa Brava, donde admiramos calas maravillosas con su arboleda
hasta cerca de la orilla del mar. Sin proponérmelo, me vino a la
mente nuestro litoral en Canarias, tan diferente, donde en vez de árboles
podemos gozar de extensas playas de doradas arenas. Antes de seguir el
relato, detallo unos breves apuntes de la parroquia de San Esteban. Es
una iglesia del siglo XI. De sus orígenes solo conserva los ábsides,
de grandes dimensiones y estilo románico lombardo, y la planta
basílica. Reformada en diversas ocasiones a lo largo de su historia,
lo que vemos en la actualidad es mayoritariamente del siglo XVII. La fachada
es de estilo renacentista, y a ambos lados de la puerta, en la parte inferior,
se observa uno de los símbolos de Caldes: unas grandes calderas.
Bien. Centrándonos en lo del apellido, relataré a continuación
como llegamos a obtener las pruebas de que mi esposa, como casi siempre,
tenía razón. Le comentamos a nuestro amigo José Ramón
, el objeto de nuestro viaje, y nos acompañó a Caldas de
Malavella para localizar la Parroquia de Sant Esteban de Caldes, donde
esperábamos obtener datos sobre el Perdido Apellido. El día
que fuimos, amaneció luminoso y con buena cara, pero paulatinamente
fue cambiando el semblante. El cielo tomó un color gris ceniciento
y de repente se desmelenó con una tormenta de rayos y truenos de
repetición. Los estampidos eran fortísimos. Parecía
un terremoto sideral. Todo esto acompañado de una lluvia en forma
de catarata. ¡ Madre mía!. Los canarios no estamos muy acostumbrados
a tal derroche de agua. Mi pensamiento voló hacia mi isla Tamarán,
que es más conocida como Gran Canaria, donde veníamos padeciendo
una sequía que duraba más de la cuenta. Almorzamos en un
restaurante desde donde podíamos ver, a través de sus ventanas,
la cortina de agua martilleando contra el piso y, cosa curiosa y novedosa
para nosotros, los rayos brincando sobre el asfalto en una eléctrica
y destellante danza que nos dejó admirados y sorprendidos. Aprovechamos
un “ jacío” como decimos en mi tierra, a un momento
de tregua en marejadas, tormentas, etc, para acercarnos a la Iglesia.
A partir de aquí ruego, a quien esto lea, un poco de imaginativa
colaboración. Yo pondré el texto y los personajes. Gracias.
La siguientes escenas me parecieron de novela policíaca de A. C.,
Sir A. C. D o de película de A. H. Bien. Se abre el telón
y aparece el siguiente escenario. Real. Tarde gris. Lluviosa. Silenciosa.
Solo el apagado rumor de la lluvia golpeando sobre el asfalto. La gente
caminando con prisas, enfundada en impermeables, gorros y otros artilugios
de protección contra el mal tiempo. Sus figuras un poco encorvadas
y sin rostro visible. Daba la impresión de que la ropa y calzado
iban por libre, caminando por su cuenta sin personas en su interior. Tenían
una ligera semejanza a como vestía el Hombre Invisible. Sus pasos
eran apresurados y atentos a donde ponían los pies para no chapotear
en lagunas. Nosotros, también personajes del acto, éramos
tres. Mi joven amigo José Ramón, mi esposa y un servidor
de ustedes. Dando pequeños saltos para evitar los charcos llegamos
a la puerta de la Iglesia. Era un oscuro portalón con dos hojas.
El anochecer avanzaba con prisas. La mortecina luz del día se alejaba
presurosa, quizás temerosa de los rayos y truenos que no paraban.
La oscuridad, solapadamente, se iba adueñando de todo lo que se
le ponía por delante. Un farol iluminaba tímidamente el
entorno. De pronto osciló su luz y se la engulló. La lluvia
arreció de nuevo. Llamamos a la puerta .En unos minutos se abrió
con un ligero chirrido y apareció un sacerdote ataviado con sotana.
Nos hizo pasar y nos miraba con curiosidad al conocer el motivo de nuestra
visita. Nos llevó hasta su despacho, y previa información
de la fecha interesada, extrajo de una estantería un grueso y venerable
tomo. Era un libro registro de bautismos. Tenía las cubiertas de
color canelo oscuro. Las hojas eran de papel fuerte, aunque ya se notaban
los años en su manuscrita escritura. El amable cura, comenzó
a deslizar su buscador dedo a pocos milímetros del papel. Pasaba
las hojas cuidadosamente, sin premura, tomando la esquina superior entre
el dedo pulgar e indice, asentándolas despacito, con la mano abierta,
en el lado opuesto del libro. Los cuatro en silencio. El leiv motiv de
la lluvia, repiqueteo incesante, seguía acompañado por los
truenos que hacían de bajo continuo. Sideral concierto. Parecía
que en el cielo habían abierto las compuertas de los embalses que
cubrían a la Villa. El bendito dedo, indiferente y profesional,
seguía su búsqueda a través de la manuscrita y variada
caligrafía, precursora de posteriores máquinas de escribir,
U.y R., ordenadores y similares artilugios de sangre fría. De pronto,
el afanoso apéndice, retrocedió bruscamente de su vertical
bajada, puso a su lado el índice de la mano izquierda, golpeó
con el mismo unas líneas en el indefenso papel, y exclamó:
¡ Ja l´he trobat!. ¡Aquí lo tenemos!. “ A veinticinco de Febrero de mil ochocientos cincuenta y uno en la Fuentes Bautismales de la Parroquia Iglesia de la Villa de Caldas de Malavella, obispado de Gerona, yo, el Cura Ecónomo, bajo firmado, he bautizado a José Antonio Pedro nacido el día anterior, hijo legítimo y natural de los consortes Antonio Lacoste, natural de Lavinach, Obispado de S. Flour, en Francia, vecino de esta, y María Salvador natural de esta...” El amable sacerdote, Don. José maría Fabrega Casademont el día cuatro de septiembre de milnovecientos setenta y ocho, nos extendió el correspondiente certificado. Nos despedimos agradeciéndole su valiosa colaboración. Antes de trasponer por la esquina de la Iglesia, volvimos la vista hacia atrás, y le vimos como nos decía adiós con la mano levemente alzada. Nosotros seguimos nuestro camino, felices y contentos por haber encontrado el Apellido Perdido. Reflexión.- Suponemos que cuando vino para Gran Canaria, su bisabuelo, José Antonio Pedro Lacoste Salvador, al registrar su nombre oficialmente, y pronunciar su apellido, Lacoste, con fuerte acento catalán, el funcionario de turno, entendió que decía Acosta, y sin más escribió lo que escuchó. Quien sabe. El caso es que el verdadero apellido de mi esposa es Lacoste. Vicente García Rodríguez
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