2
|
Sorpresa en la playa
Paseo por Las Canteras. El reloj marca las once del día.
Un día que amaneció sin la famosa “panza de burro”.
Por un momento para echar un vistazo al estado de la mar y cambiarme en el
balneario, ya que vengo en la guagua desde Las Palmas, me apoyo en la barandilla
formada por tres hileras de tubos inoxidables los cuales son soportados por
unos pedestales. La baranda esta bien no pone barrera visual cuando te vas
acercando a ella.
En un momento dado al girar una de mis piernas para cambiar de posición
me golpeo con uno de los pedestales, y me exclame, por el golpito recibido,
a la vez que me quejo para mis adentro. ¡Caray!. Si pero la exclamación
la dirijo al estado que las superficies de los soportes tan denigrante están
exhibiendo. Oxidados, oxidados. ¡Que aspecto! que estado tan nefasto,
para una playa de renombre internacional. Presentan una dejadez indigna,
para los piropos que siempre los canteranos y no canteranos estan esparciendo
a todos los vientos a boca llena.
Tal cantidad de oxido ha necesitados algunos meses. Tiempo suficiente para
evitar de inmediato que se extendiera como una plaga de caracoles.
Me decido ir al balneario para cambiarme y mientras camino pienso. A quien
se le ocurrió colocar tales pedestales metálicos a la orilla
del mar. Cuando el salitre es como la carcoma allí donde se pega corroe.
Recuerdo que las primeras barandas que se pusieron eran tanto los barrotes
como los pedestales de madera pintadas de color verde. Y duraban y duraban,
como esa marca de pilas que anuncias por ahí.
En fin, es de esperar que las autoridades competentes se paseen por Las Canteras
y espero que no les sea una sorpresa, como ha sido para mí.
juanboza.com
